“The Next Hundred Years” (1994), Ted Hawkins
Vamos a empezar fuerte, para poner las cosas, desde ya, en su sitio. He aquà el mejor disco producido por Rick Rubin que no ha producido Rick Rubin –diga lo que diga la desenfocada crÃtica de Allmusic, que, curiosamente, también coincide con lo que opinaba de este álbum el propio Ted: él nunca supo valorarse-. He aquà la grabación que habrÃa hecho Sam Cooke en los 90 si se hubiera pasado más de treinta años entrando y saliendo de la cárcel y ganándose la vida, y asà estaba Hawkins con medio siglo ya cumplido, tocando en la calle y con el sombrero en el suelo boca arriba, a ver cuántos dólares le echaban dentro. Este es el último que sacó con él aún entre nosotros, pues falleció el 1 de enero de 1995, poco después de su publicación –marzo de 1994-, justo cuando enfocaba la salida del túnel y la vida le sonreÃa con promesas de reconocimiento. Otra ironÃa más de su destino, la final. Antes soportó unas cuantas: como pasar tres años en prisión por robar una chaqueta de piel cuando era adolescente y vagabundo –lo fue entre los 12 años y el ecuador de su treintena-; ese tipo de cosas que les pasan a los negros, y más si son pobres, en Estados Unidos. Él ya nació pobre, en Biloxi (Mississippi), e intentó dejar de serlo cuando en la década de los 60 se instaló en California para ser un cantante profesional. Muchos cazatalentos le echaron el ojo, tras escucharlo en el paseo marÃtimo de Venice Beach, pero cuando no era la cárcel era la heroÃna la que jodÃa la oportunidad. En los 80 sà logró centrarse, y en Europa (¡y Asia!) giró con éxito. La crÃtica andaba de su parte –su debut, “Watch Your Step†(1982) recibió cinco estrellas en “Rolling Stoneâ€-, pero decidió volver a tocar en la calle, porque era donde se sentÃa en casa. Último intento: el entorno de Geffen Records, eso que se entiende por multinacional, y el productor Tony Berg le convencen a principios de los 90 para que grabe su disco definitivo, el que le ponga en el mapa de su paÃs, donde siempre fue un desconocido salvo para los muy enterados. Músicos de sesión más que contrastados le cobijaron (a la baterÃa, Jim Keltner; con las guitarras, Greg Leisz…). El lo dio todo en las interpretaciones. La del clásico del country “There Stands The Glassâ€, que Webb Pierce convirtió en un icono de las canciones de bebedores en los años 50, es espeluznante: los cinco primeros segundos ya te dejan noqueado. La de “Long As I Can See The Lightâ€, casi a capela, poniendo el punto final, te masajea la columna de arriba a abajo. Son diez cortes con mucho de autobiográfico, desde la versión de “Biloxi†de Jesse Winchester hasta los originales de Hawkins –sobre todo “Big Thingsâ€, “The Good And The Bad†y “Ladder Of Successâ€-, todo cantado con esa voz rasposa, de soul con salitre y arena de playa, maravillosa al hacerte sentir, nacida para dolerse.
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Anda estos dÃas Bruce Springsteen de gira por España (hoy, concierto en Sevilla), cerrando con su E Street Band la pata europea de su gira de presentación de “Working On A Dream†(lo de presentación es un decir, pues al margen de “Outlaw Peteâ€, la canción que le da tÃtulo y algo esporádicamente “My Lucky Day†y “Kingdom Of Daysâ€, poco más ha sonado de ese álbum en este tour, centrado, en su esencia ideológica, en todo aquello que cuenta la letra de “Badlandsâ€). Tras asistir a su concierto en Bilbao, este domingo, la evidencia vuelve a hacérsenos realidad: puto amo. Pero más allá de los comentarios sobre sus exhibiciones fÃsicas y su despliegue cuantitativo, Roky Mountains quiere dejar constancia –por alusiones, que dirÃa un jurista- del poderÃo “roots†de su cancionero. SÃ, hay genuina república invisible norteamericana latiendo en buena parte de lo que canta el de Nueva Jersey, fruto, sobre todo, de aquel shock que le produjo descubrir, en el perÃodo que va desde la grabación de “Darkness On The Edge Of Town†(1978) hasta la gira de “The River†(1980), a Jimmie Rodgers, Hank Williams, Woody Guthrie, The Stanley Brothers, Robert Johnson, las compilaciones oscuras de Harry Smith, las grabaciones de Johnny Cash para Sun Records… De todo eso, que es la base de este blog, y del estudio de una crisis personal, la suya, salió “Nebraska†(1982). Nunca antes habÃa escuchado esa música, pues él era fruto del rock’n’roll y el rhythm’n’blues, y también del arco que va de las guitarras encendidas de The Allman Brothers Band a las letras proletarias de The Animals. Bien, pues de la misma manera que “Nebraska†supuso un paso lateral en el esquema de trabajo y la trayectoria de Springsteen, también en Bilbao dos canciones dieron ese paso lateral en el repertorio del concierto. Salidas directamente de su república invisible, “Factory†y “This Hard Land†rompieron la tónica bombástica de la actuación, que llevaba ya nueve temas de alta tensión y muro de sonido. La primera, con excelsos arreglos de lamento country sobre aguas tranquilas, parecÃa escrita anteayer, en vista de la realidad económica de su paÃs –y del nuestro-, con sus comentarios sobre fábricas que dan y quitan la vida; y la segunda, con ese aroma a cualquier pelÃcula sobre el Oeste que hayas visto y esa amalgama de esperanza, comunidad, amistad, lucha, armónica polvorienta, supervivencia y tequila… SÃ, también “This Hard Landâ€, que va sobre perder una cosecha y conservar la fe, parece compuesta anteayer. Ambas supieron a pan de horno de leña, al que alimenta, por ser música confeccionada con fragmentos de vida. Y ambas sonaron como si esas antiguas y amarillentas fotos o lo recogido por el magnetófono de Harry Smith se hicieran de carne y hueso hoy mismo.
Wayne Hancock abre la boca y de repente es como si Hank Williams y Ernest Tubb estuvieran vivos. Pero, y ahà está el mérito real, de alguna manera logra que eso suene atemporal en vez de apegado a esa mesa de tres patas que llamamos nostalgia. Si se mira con lupa limpia lo que hace se le descubren detalles que aclaran la cuestión: por ejemplo, él no vive en la Gran Depresión, sino que utiliza aquel desastre para explicar el actual batacazo económico estadounidense. Y lo hace con desparpajo: “Los ricos lo llaman recesión, los pobres depresiónâ€. Porque el desparpajo le chorrea a este residente en Austin (Texas), quien con siete discos desde 1995 se ha hecho con el respeto de la facción del country alternativo que gusta y entiende de la tradición bien llevada, sin almidones pero con la raya del pantalón en el milÃmetro que toca. Western swing y honky tonk son la base de esta pizza de-toda-la-vida, con el “slap†del en plan mozzarella omnipresente. No hay sorpresas y las letras siguen su lÃnea habitual (desempleo, desamor y vivir de un lado hacia otro, en plan “hoboâ€). Lo que pasa, en lo escrito y en lo tocado, es que con los años Hancock va ganando en musicalidad. Entra mejor. De ahà lo apropiado del tÃtulo (un “viperâ€, en los años 20, era un adicto a los porros; asà nos viene a decir que a él le pasa algo parecido con la melodÃa, y esa es la sensación que transmite). Demasiado country para el country –ironÃas de la vida; también ocurre igual con las drogas y con el amor, que demasiada pureza cuesta de digerir-, de ahà que se le ignore en el mainstream del género, lo de Wayne tiene mucho nivel. Prueba del algodón: compara su balada asesina “Your Love And His Blood†con cualquier clásico de ese subgénero: de repente te suena como si fuera un incunable.
Blaze Foley era una bala perdida. Un tipo que nació ¡en una casa en un árbol! y que se pasó media vida apuntado al club de los sin techo. Tuvo padrinos que intentaron que los aficionados al country y al folk, en especial si estos andaban pringados de sur estadounidense, se fijaran en él y valoraran su talento, predestinado a la oscuridad por su amor a los extremos –a los del alcohol y a los de la filantropÃa-. Merle Haggard y John Prine estuvieron entre esos mentores, y ambos no son moco de pavo. Townes Van Zandt le dedicó “Blaze’s Bluesâ€. Palabras mayores. Y también hizo lo propio Lucinda Williams, quien en su aclamado “Car Wheels On A Gravel Road†(1998) incluyó un homenaje a Foley, “Drunken Angelâ€. Una de las canciones más estremecedoras de ese álbum. “Por qué dejaste que las cosas llegaran tan lejos, ángel borrachoâ€, le canta, entre poéticas alusiones a sus ropas de huérfano, a sus deudas, a la sangre salpicando las cuerdas de su guitarra, al disparo que acabó con su vida (por interponerse entre una pistola y un anciano a quien querÃan robar)… La ha interpretado estas noches, durante su reciente y primera gira por España. Y lo ha hecho con esa voz robusta pero herida, que acolchaba el recuerdo de Foley como si fuera lava tibia salida de un pozo de compasión. Se iniciaba el tema y parecÃa un ataque de inspiración excelsa firmado por los Heartbreakers de Tom Petty, para pasar a continuación a una mezcla de rapapolvo y caricia que retorcÃa a Williams por dentro. Canciones asà la han hecho tan grande.
Uno de esos nombres a descubrir. Tom Russell. El gran Tom Russell. Una mina de oro para los buscadores de voces a lo Johnny Cash que explican las historias de Marty Robbins pero las adaptan a la medida del fan de Dave Alvin. Cuando viene a España de gira, Tom se suele quedar por Euskadi y de ahà no pasa. Cosas de promotores y cosas de un mercado desequilibrado. Otro sÃntoma de las piezas que nos fallan -¡si el tÃo es un enamorado de España!-. Habrá que resolverlas algún dÃa. Su discografÃa es un pozo de sabidurÃa para quienes gustan del country-folk sureño con aroma a folclore norteño, a desierto de la Baja California y a esas cantinas donde se bebe más tequila que otra cosa y no hay aire acondicionado. El hombre sabe escribir, y mucho. Eso no solo puede comprobarse haciéndose con sus libros (otra recomendación: leer a Willy Vlautin, el lÃder de Richmond Fontaine; otro dÃa nos ocuparemos de esa banda), sino también poniendo atención a sus canciones, relatos melódicos con el poder narrativo y evocativo de los buenos corridos mexicanos y las baladas asesinas. La noticia es que ahora este aficionado al cuadrilátero y los toros ha grabado su próximo disco con Calexico. Una buena noticia para la credibilidad de John Convertino y Joey Burns. “Blood And Candle Smoke†se publicará el 15 de septiembre. Roky Mountains lo recomienda ya, sin haberlo escucharlo. Conocer la trayectoria de Russell otorga esa seguridad. Y hablando de eso, una debilidad que dejamos caer: “The Rose Of San Joaquin†(1995).
Andan Bob Dylan, Willie Nelson y John Mellencamp de gira veraniega conjunta, por esos campos de Dios donde los estadounidenses juegan al béisbol. Es como asistir a un curso acelerado de la quintaesencia del sonido americana (en orden decreciente, esa quintaesencia, según aparecen los tres citados en esta noticia, en opinión de Roky Mountains). Siguiendo las crónicas del evento, gusta leer que entre el público se mezcla la gente en plena pubertad con los abuelos vestidos de domingo, y los indies con los moteros. Imaginemos uno de esos atardeceres compartidos. Nelson abre con un set que abarca desde “Crazyâ€, esa balada que compuso para que Patsy Cline la popularizara, hasta el “Move It On Over†con que Hank Williams anticipó el rock’n’roll en 1947, rematada por “I Saw The Lightâ€, también del fallecido padre del country moderno. A Nelson le sigue Mellencamp, muy motivado –y que va con una banda perpetrada para la ocasión: con contrabajo, violÃn, acordeón…- y enfrascado en su cruzada sobre las sÃstoles y diástoles del corazón de la Norteamérica profunda. SÃ, claro, con esas pautas es lógico que toque “Smalltown†(“no, no puedo olvidar de donde vengo, no puedo olvidar la gente que me quiereâ€) y “Rain On The Scacrecrow (“esta tierra alimentó a una nación, esta tierra me hizo sentir orgulloso, pero, hijo, siento mucho que ahora no puedas heredar nada, lluvia sobre el espantapájaros, sangre sobre el aradoâ€). Y cierra la tripleta Zimmy, que vestido como un fronterizo representante de la ley o un tahúr salido de una cita romántica empieza su actuación con “Cat’s In The Well†y, además de dos temas de su nuevo disco, también deja caer la majestuosa “Blind Willie McTell†y flamantes obras maestras, caso de “Ain’t Talkin’†y “Workingman’s Blues # 2†Desde luego, no está nada mal la propuesta. Ya podrÃan pasarse por Iberia. Ah, que aquà el béisbol no chuta.

