“If I Could Only Fly” (2001), Merle Haggard
Cayó como un jarro de agua… tibia, justo cuando lo que mejor te puede sentar en ese momento es que te tiren por encima un jarro de agua tibia. “If I Could Only Fly†no solo suponÃa el fichaje de Merle Haggard por el sello Anti, esos punks de Los Ãngeles que se han puesto tanto las pilas y ajustado tan bien las crestas que flipas con su catálogo (Tom Waits, Bettye LaVette, Joe Henry…). SuponÃa también que el primer disco con material propio que sacaba en cuatro años y el primero en el que su estilo directo y sincero –a veces, demasiado, porque la suya es de esas sinceridades que no busca curvas para llegar al destino- se miraba al espejo sexagenario y se cantaba las cuarenta. La primera frase del disco dice lo siguiente: “Mirando a un viejo amigo meterse una rayaâ€. No está mal para un abuelo. Claro que él no es un abuelo corriente, sino una de las balas perdidas más legendarias del country. Grabadas en su estudio casero y acompañado por ese tipo de músicos que clavan el arreglo como Julius Ervin clavaba los mates, estas doce canciones fueron rápidamente emparentadas con la aureola de la serie “American Recordings†de Johnny Cash. HabÃa paralelismos, claro, pero Haggard suena tan a sà mismo en estos surcos, además de que la mezcla de honky tonk y western swing que los acolcha sintoniza un dial diferente al que Rick Rubin dispuso para Cash, que no ha lugar para llevar las comparaciones hasta el último centÃmetro del metro. Quien ande muy puesto en el tema y sepa escuchar entre lÃneas se topará con ecos y guiños que Merle lanza y se lanza: en “Honky Tonky Mama†se aparece el blues de los años 20 de Emmett Miller, en “Turn To Me†el fraseo de Floyd Tillman filtrado por el sonido Bakersfield… Un viejo zorro. Todo esto alrededor de canciones sobre la paternidad, el matrimonio y la estabilidad hogareña. Del sexo seguro (“Barebackâ€) al perdón de los hijos por los años pasado de rosca (“I’m Still Your Daddyâ€). Con honestidad brutal, que dirÃa Andrés Calamaro.
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¿Quieres “white trashâ€? ¡Toma “white trashâ€! Todo en Calvin Russell recuerda a los blancos más puteados de Estados Unidos. Empezando por él mismo, cuya biografÃa no se la salta ni Mike Powell. Texano, llegó al mundo en 1948, sexto de nueve hermanos. Cuando entró en la adolescencia ya dormÃa en reformatorios, después se fue vagabundear por su paÃs (si podÃa, encima de una Harley Davidson), ejerció de buscavidas y después de presidiario, obviamente contra su voluntad, y regresó a su Austin natal… para dormir en las calles. En vista del panorama, en los 90 saltó a Europa y su pinta de hombre genuino del sur estadounidense, como salido de una pelÃcula de Sam Peckinpah que este se olvidó de filmar, le fue llenando el bolsillo, a golpe de voz y guitarra. Y a golpe de riñones (un ejemplo: en 1993, 173 conciertos por el Viejo Continente). Su nombre empezó a ganar resonancia en el circuito ‘roots’ y en 2002 le llegó lo que podrÃamos llamar “el éxitoâ€: ese año publicó “Rebel Radioâ€, el primer disco suyo que se distribuyó por las tierras del TÃo Sam. En él recopila todas las muescas que le habÃan llevado, desde “Soldier†(1992) hasta “Sam†(1999), a salir de la cloaca y a controlar al demonio que lleva dentro. Musicalmente, se mueve entre dos polos: un blues-rock que se parece mucho al que dispara Alvin Youngblood Hart y que puede arder lento o galopar a lo ZZ Top, pero siempre como recién salido de un campamento indio, diciéndote que no va a dejar que lo encierres en la reserva; y un country de tipo que cabalga solo y asà ya le está bien y que te hace pensar en cómo sonarÃa Kris Kristofferson si aplicara a su sonido y su entorno el toque Keith Richards. SÃ, asà de sugerente es lo que hay aquà dentro. También encontrarás una versión del stoniano “No Expectations†llevada al terreno del Johnny Cash de finales de los 60, una de las mejores canciones escritas este siglo sobre la aniquilación de la vida rural –“Country Boyâ€- y, en esa lÃnea de excelencia, otra versión, esta del tema de Townes Van Zandt “Still Lookin’ For Youâ€, que parece sacada del “Spirit†de Willie Nelson -¡ese punteo de guitarra seguido de ese violÃn!- y que, tal vez, si la ha escuchado, haya hecho llorar a Steve Earle. Un último dato. El prestigioso productor Jim Dickinson dijo en la revista gala “Les Inrokuptibles†lo siguiente: “Hay tardes en que la elección es bien sencilla si quieres seducir a tu novia: o escuchas “Blonde On Blonde†otra vez o le pones “Soldierâ€. Tenedlo en cuentaâ€. De Soldier hablaremos otro dÃa. Pero “Rebel Radio†está a su altura.
Estamos ante un disco fuera de serie. Porque no se puede fabricar en serie algo asÃ. Tan sentido y dolido, tan abierto en canal. Sin ser sentimental pero poniendo sobre los acordes toda la sensibilidad de la que es capaz este portento nacido en Texas en 1933. El epicentro del álbum es la pérdida que sufre un hombre del amor de su vida. Una mujer que le ha dejado un vacÃo tan grande que no sabemos si, en realidad, esa partida ha sido por culpa de la muerte. La descripción de su ánimo, devastado y por los suelos al principio, y la manera en que Willie enlaza eso con un diálogo con lo divino nos hacen pensar que podrÃa ser asÃ. Se van sucediendo las frases sencillas y de fuerza tranquila, que hacia el tercio final se abren a la esperanza, que es como decir a la aceptación de la tragedia y a quedarse de los recuerdos con todo el disfrute que se pueda y a seguir viviendo, que son dos dÃas. Musicalmente, esa historia se explica sobre un magistral manto minimalista. Guitarras acústicas (con esa forma de pulsar las cuerdas de nilón que tiene Nelson, con aroma de bolero), un piano (lo toca su hermana, Bobbie) y violÃn. Las canciones funcionan como afluentes del rÃo principal, que es un vals en trece etapas que no deja de girar alrededor de un sentimiento de pérdida y superación. Todo en las antÃpodas del amor burgués, del vitual y del de compra y venta. Todo tan desinteresado y nada falso. A continuación, Willie publicó “Teatro†(1998). Otro álbum sobresaliente y que funciona como la segunda parte, más elaborada y más sureña, de este, y cuya producción esponjosa y con ecos de magnolia a cargo de Daniel Lanois contrasta con la sequedad desértica del que nos ocupa. Pero “Spirit†mantiene al lado de su hermano de sangre un aura superior de pureza, verdad y excepcionalidad. A la altura de los clásicos. De Willie y de cualquiera.
Las segundas oportunidades. La resurrección. Si volviera a vivir harÃa esto y no aquello y no eso y lo otro. Steve Earle, que tan al borde del precipicio llegó a estar durante la primera mitad los 90, ha podido gozar de esa opción y lo ha hecho, discográfica y vitalmente, a partir de “Train A Comin’â€, el álbum que le tendió el puente hacia un futuro despejado. Quedaron atrás años de sequÃa creativa –escuchando solo la música de sus camellos, que era el hip hop, empeñando guitarras y conociendo la prisión y fumándose el papel de plata de primera mano- y volvió a germinar. Trece cortes y todos profundos. Temas originales, más o menos recientes –un par, no tanto: “Mercenary Song†data de 1974 y lo escribió cuando trabajaba en una pizzeria; “Tom Ame’s Prayer†es de 1975- y versiones que suenan personales y bordadas, vengan de donde vengan (ya sea “I’m Looking Through You†de The Beatles o “The Rivers Of Babylon†de The Melodians, “jamaican hillbilly†en palabras del propio Earle), dando forma a una unidad acústica de country, folk y bluegrass que él canta con el cerebro en punto muerto y el corazón dándolo todo. A su alrededor, un quién es quién de la música de raÃz estadounidense (Peter Rowan y esas mandolinas; Norman Blake al dobro, la guitarra hawaiana y el violÃn; Roy Huskey al contrabajo). No deben pasarse por alto el par de dúos de Steve con Emmylou Harris –en la citada “The Rivers Of Babylon†y “Nothin’ Without Youâ€-, porque la vocalista se encontraba en estado de gracia –fue la época en que ella grabó su trascendental “Wrecking Ball†(1995)-. En ese sentido, ahà va cómo describe Earle el primer encuentro de ambos en las anotaciones del libreto del álbum. “Ella iba a cantar en el disco de debut de Guy Clark. Me dio la mitad de su hamburguesa y no fui el mismo durante las siguientes semanasâ€. Claro que para anotaciones jugosas, la que acompaña a la letra de “Angel Is The Devilâ€, que define perfectamente el carácter irreductible de este artista de combate: “Una de las únicas cuatro canciones que escribà durante mis vacaciones en el gueto. Ahora yo y John A. Lomax ya tenemos algo en común: ambos hemos robado a Lead Bellyâ€. Se baja el telón con una toma de “Tecumseh Valleyâ€, cuya reverencia es escalofriante –tiene esa quietud que puede aplicarse a tantas interpretaciones de Van Zandt-. Un avance en el tiempo del flamante “Townes†(2009), el disco de versiones de su Ãdolo que Earle presentará en septiembre en España (dÃa 17 en Bilbao, 18 en Madrid y 19 en Barcelona). Volviendo al principio: el disco de su resurrección.
Vamos a empezar fuerte, para poner las cosas, desde ya, en su sitio. He aquà el mejor disco producido por Rick Rubin que no ha producido Rick Rubin –diga lo que diga la desenfocada crÃtica de Allmusic, que, curiosamente, también coincide con lo que opinaba de este álbum el propio Ted: él nunca supo valorarse-. He aquà la grabación que habrÃa hecho Sam Cooke en los 90 si se hubiera pasado más de treinta años entrando y saliendo de la cárcel y ganándose la vida, y asà estaba Hawkins con medio siglo ya cumplido, tocando en la calle y con el sombrero en el suelo boca arriba, a ver cuántos dólares le echaban dentro. Este es el último que sacó con él aún entre nosotros, pues falleció el 1 de enero de 1995, poco después de su publicación –marzo de 1994-, justo cuando enfocaba la salida del túnel y la vida le sonreÃa con promesas de reconocimiento. Otra ironÃa más de su destino, la final. Antes soportó unas cuantas: como pasar tres años en prisión por robar una chaqueta de piel cuando era adolescente y vagabundo –lo fue entre los 12 años y el ecuador de su treintena-; ese tipo de cosas que les pasan a los negros, y más si son pobres, en Estados Unidos. Él ya nació pobre, en Biloxi (Mississippi), e intentó dejar de serlo cuando en la década de los 60 se instaló en California para ser un cantante profesional. Muchos cazatalentos le echaron el ojo, tras escucharlo en el paseo marÃtimo de Venice Beach, pero cuando no era la cárcel era la heroÃna la que jodÃa la oportunidad. En los 80 sà logró centrarse, y en Europa (¡y Asia!) giró con éxito. La crÃtica andaba de su parte –su debut, “Watch Your Step†(1982) recibió cinco estrellas en “Rolling Stoneâ€-, pero decidió volver a tocar en la calle, porque era donde se sentÃa en casa. Último intento: el entorno de Geffen Records, eso que se entiende por multinacional, y el productor Tony Berg le convencen a principios de los 90 para que grabe su disco definitivo, el que le ponga en el mapa de su paÃs, donde siempre fue un desconocido salvo para los muy enterados. Músicos de sesión más que contrastados le cobijaron (a la baterÃa, Jim Keltner; con las guitarras, Greg Leisz…). El lo dio todo en las interpretaciones. La del clásico del country “There Stands The Glassâ€, que Webb Pierce convirtió en un icono de las canciones de bebedores en los años 50, es espeluznante: los cinco primeros segundos ya te dejan noqueado. La de “Long As I Can See The Lightâ€, casi a capela, poniendo el punto final, te masajea la columna de arriba a abajo. Son diez cortes con mucho de autobiográfico, desde la versión de “Biloxi†de Jesse Winchester hasta los originales de Hawkins –sobre todo “Big Thingsâ€, “The Good And The Bad†y “Ladder Of Successâ€-, todo cantado con esa voz rasposa, de soul con salitre y arena de playa, maravillosa al hacerte sentir, nacida para dolerse.
Hubo un tiempo en que Ryan Adams estuvo en el ojo del huracán. ¡El era el mismo huracán, y más famoso que Bryan Adams! Es una exageración, claro, pero algo de eso, bastante, sà habÃa allá por 2001. Fue cuando publicó “Goldâ€, muy esperado tras la espectacular concentración dolorosa de “Heartbreaker†(2000). AhÃ, en “Goldâ€, pasó de ser el candidato mejor situado para el tÃtulo de “Gram Parsons del siglo XXI†–una etiqueta que ya habÃa sembrado antes y bien al frente de Whiskeytown- a presentarse como si el stoniano “Sticky Fingers†se hubiera hecho de carne y hueso y despertado en medio de Nueva York con los ojos mirando a Nashville. La soberbia que ya empezaba a gastar en las entrevistas y una gira beoda en la que combinó la excelencia (cuando sonaba la música) con la tonterÃa (los interludios entre canción y canción: un estúpido club de la comedia) salpicaron la imagen de este álbum. La ensuciaron. Para empeorar las cosas, en 2003 puso en la calle “Rock’n’Rollâ€, que pretendÃa hacerse el gracioso expoliando a los 80 pero no tenÃa ninguna gracia, pues el ritmo de ese expolio, a diferencia de “Gold†y su aire setentero, sà lo marcaba la nostalgia y no el carpe diem. Total, que desde entonces anda a la deriva, salvo algún fogonazo de brillantez de vez en cuando… Perdido.

