“¡Let Freedom Ring!”, Chuck Prophet

chuck-is-ok1Desde hace un par de décadas está moviéndose entre los Estados Unidos rurales y los urbanos, controlando con atino el centro de ese equilibrio. Escucha este disco suyo. Y el anterior. Y el antepenúltimo. Y nos vamos a parar ahí, pero podríamos seguir retrocediendo. Ninguneado incluso por los medios que a priori se le suponen afines, el hombre que curtió sus huesos en el seno de Green On Red sigue firme y con la brújula muy bien orientada en una carrera en solitario digna de mucho elogio. Para que no parezca que tiramos de teoría, pongámosle apellidos a su flamante “¡Let Freedom Ring!â€, que es algo así como su “Born In The USA†para este 2009: esto se ha escrito –en ’The Village Voice’, nada menos- y hay que darle la razón a la comparación. Patriotismo a través del desencanto y el foco vertiendo luz sobre los marginados del batacazo socioeconómico. Prophet se mueve entre reflexiones llenas de soul blanco, con coros de esperanza y armónica del olvido –lo primero en ese vals de la triste perseverancia que es “You And Me Babe (Holding On)â€, lo segundo en la suavidad del folk-rock texano de “Barely Existâ€- y unos riffs stonianos de crudeza vacilona como los de “American Manâ€, que se lleva al John Mellencamp de “Again Tonight†hasta el “Spanish Stroll†de Willy DeVille, y los del tema titular, que transita por la autovía paralela y nos recuerda en su letra que los halcones mutilan a las palomas. Acaba el álbum con el optimismo moderado de “Leave The Window Openâ€, que asciende desde el ‘spoken word’ hasta la celebración de la brisa que entra por la ventana y del amor que no salta a través de ella, como si ese fuera el último y único reducto, tras cualquier duro día, que le quedase a los protagonistas del segundo corte, “What Can A Mother Do?â€, una pareja de adolescentes en la que ella no es deseada en diecisiete estados y él se mete a soldado cuando ya es padre de tres hijos. Nos encontramos ante un émulo de Tom Petty con nada que envidiar al original. Porque Chuck, acostumbrado a vivir en las sombras (incluso en los tiempos de Green On Red, cuando Dan Stuart se llevaba más protagonismo), a pesar no solo de su tremenda trayectoria sino también de colaboraciones tan remarcables como la que firmó en “Real Animal†de Alejandro Escovedo el año pasado, de repente va y nos suelta este tremendo golpe, contundente y relevante. Entre el pavoneo y la vulnerabilidad, la confianza y lo agridulce. La presentación en directo de este Estado de la Nación que preside Barack Obama se ha convertido, desde ya, en una prioridad. ¡Roky Mountains lo exige!

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“Honey Moon”, The Handsome Family

handsome-okEl trascendentalismo estadounidense tiene en The Handsome Family a sus más firmes representantes de los últimos años. Hablamos en términos musicales, claro. De esa comunidad de fantasmas que pasa de “Anthology Of American Folk Music†(1952) de Harry Smith a “The Basement Tapes†(1975) de Bob Dylan y The Band y de ahí a “No Depression†(1990) de Uncle Tupelo. Hablamos de un territorio medio mítico, casi surrealista, de topografías imaginarias, de los poemas de Emily Dickinson y las baladas de Johnny Cash. El matrimonio formado por Brett y Rennie Sparks lleva caminando por ese sendero desde 1995 militando en ese club. Dándole la razón a uno de sus mayores fans, el crítico Greil Marcus, autor del muy interesante libro “La república invisibleâ€, y a sus teorías sobre “la otra Américaâ€, que ponen el énfasis en lo extrasensorial y lo intangible. Un terreno que la pareja que nos ocupa se ha trabajado a conciencia, infiltrándose en el inconsciente puritano de sus compatriotas a base de historias morbosas y mucho sarcasmo. Tirando del humor negro. Sus letras (las escribe ella) son poco convencionales: si alguien tiene que escuchar voces de ángeles dentro de las patatas, las escucha. Su música (la compone él) coge al country y le da brochazos de gravedad y vals casero, entre lo atemporal y el guiño travieso al presente (se aceptan ‘laptops’), Una fórmula que en su último disco, el noveno –que nos vienen a presentar oficialmente en la gira ‘Roky Mountains’ de la próxima semana- ha variado. El motivo: lo publican para celebrar que llevan veinte años casados, así que se adaptan a las circunstancias y desaparecen de sus relatos los suicidios y los asesinatos. Dejan de lado la ironía y apuestan por la celebración, aunque a su manera: les escuchamos cantar que el amor es como una mosca zumbando al sol. También la música es más ecléctica de lo habitual, como si de la misma manera que, se supone, han repasado los diferentes estados por los que habrá pasado su relación a la hora de componer estas letras, en plan álbum de fotos, también hubieran parado atención a los distintos acentos sonoros que han pronunciado en sus tres lustros de carrera. Todo, claro, bien pasado por su túrmix. Por eso el soul con somníferos de “My Friend†convive con el pop sintético de “Love Is Like†como si tal cosa. Son unos clásicos contemporáneos, y por mucha humildad que le echen hay que decírselo en la cara.

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“American Standard”, Dayna Kurtz

dayna-ok1Con su nuevo disco, “American Standardâ€, Dayna Kurtz se ha embarcado en una cruzada: la de ponerse más ‘roots’, más rockabilly, más sureña, que nunca. La de dejar de lado, o al menos colocar más lejos de su epicentro, a la canción de entreguerras y los sabores judeo-europeos de su repertorio, para meterse en la piel de Sun Records y reverenciar a Sonny Burgess y coetáneos. Antes, lo ‘vintage’ no lo llevaba tan tatuado y jugaba a la canción de autor contemporánea con factor histórico más o menos puntual. Pero ahora, no sabemos si momentáneamente o con una intención más perdurable, ha decidido convertir esa tonalidad sepia en su santo y seña. De esta guisa se ha presentado estos días en su gira española (por Arrasate, Barcelona, Madrid y Murcia). Lo ha hecho –en tres de las cuatro fechas- acompañada por Blue Mountain como banda de apoyo: cuarteto originario de Oxford (Mississippi) y ya veterano del country alternativo, buenos maestros a la hora de escarbar en el ‘heartland’ estadounidense –disco recomendado: “Homegrown†(1998)-. Ellos y ella hacen más que buenas migas. Roky Mountains lo comprobó en el concierto que ofrecieron en Barcelona este martes, 6 de octubre. Por momentos, la música flotaba como lo hizo cuando Joe Henry embrujó la misma sala, Apolo, en su ensoñador concierto del 18 de febrero de 2008. Fluía a dos palmos del suelo. Palabras mayores. Mientras eso pasaba, el tampón con la denominación de origen ‘Dayna Kurtz Product’ se hacía con las riendas de la nostalgia y convertía la cuestión temporal en un mero trámite. Sonaba “Election Dayâ€, con el ritmo de la jungla de Bo Diddley, y no sabías si podía haber sido escrita ayer y el rock’n’roll es lo más ‘trendy’ o es que tú estabas en los 50. Todo era circular y teoría de la reencarnación. La fotografía era sepia, insistimos, pero lo sepia no era sinónimo de anteayer. Era el color de hoy. Curioso. O no, porque lo que pasaba tenía fácil explicación: Dayna te conmueve, haga lo que haga. Con banda o cuando salió armada solo con la guitarra acústica. Cantando a capela o pulsando las seis cuerdas eléctricas como si quisiera opositar para entrar en The Replacements. Confesando el dolor porque su amante se ha ido con otra con la misma delicadeza hiriente que cuando grita, en plan vaca en el matadero, y parece que se va fundir el amplificador. Si Jon Spencer grabase con ella la próxima entrega de Heavy Trash podría salir de ahí algo muy grande. Si algún programador con posibles y un par de grandes pelotas la pusiera donde le corresponde, igual también cambiaba su suerte. Ya sabéis a que nos referimos: ella tiene lo que hay que tener –talento y carpe diem a raudales- para impactar en festivales de jazz de altos vuelos con ‘crooners†sosainas y “de temporá†en la cima del cartel, o en festivales indies que entregan a grupos menores escenarios mayores. Pero no es el caso, de momento, aquí y ahora: pasan los años y ella continúa en los confines del circuito de pequeños aforos (Apolo admite 1.200 entradas vendidas: los asistentes, invitados incluidos, rondaríamos, siendo optimistas, el diez por ciento de esa cifra). Pasan los años y sus canciones deberían emocionar a más gente. No es de recibo que “Love Gets In The Way†–la versión que ofreció con Blue Mountain, impresionante-, una de las mejores ‘torch songs’ de los últimos ¿20, 30 años?, siga siendo pasto de cuatro gatos.

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“Nothing Gold Can Stay”, The Duke & The King

theduketheking-okLiberado momentáneamente –se ha pedido una excedencia- de The Felice Brothers –donde cantaba, tocaba la batería y, ocasionalmente, la guitarra-, Simone Felice ha puesto en marcha este proyecto en el que deja de lado el marcado factor rural de la banda familiar y se dedica a hacer canciones para los estantes del pop de orfebrería. Ãntimas, ‘vintage’ por un lado y agarradas a los tiempos que corren por otro, de letras confesionales pero no literales, de frases literarias y dolidas. La perdida de una hija antes de llegar al parto le hizo reflexionar. Mucho. Sobre la inocencia perdida. Sobre la adolescencia y los sueños que desde ahí se persiguen, hasta que al perderlos perdemos, sí, claro, la inocencia. ¿Y se puede entonces volver a empezar? Debe poderse. Es lo que persigue con The Duke & The King: abrir otra puerta que le muestre otro paisaje. Nuevo y viejo, virgen y ya vivido. Escuchadas sus diez canciones una y dos y decenas de veces, solo queda rendirse a la evidencia: este “Nothing Gold Can Stay†es uno de los mejores álbumes aparecidos este año. Tiene diálogo interior y anzuelos de complicidad, estribillos de flechazo instantáneo y rincones donde la belleza se esconde tras velos. Cada arreglo está en el sitio que le corresponde, cada palabra que se pronuncia tiene un sentido y es sentida por quien la pronuncia. El álbum fue parido en un estudio-caravana, al estilo del debut con que Bon Iver deslumbró en 2008. Las comparaciones que le caigan con ese “For Emma, Forever Ago†no van desencaminadas. Como no lo iría una que dijese que el tema “Summer Morning Rain†suena como un clásico perdido de Cat Stevens que ahora emergiera a al superficie. De hecho, todo el disco podría ser un clásico perdido de hace cuatro décadas, si no fuera porque el tratamiento del ritmo, a cargo de Robert “Chicken†Burke (ex colaborador de George Clinton), y de las mezclas, obra de “Bassy†Bob Brockmann (especialista en hip hop), lo hacen deslizarse como no se hacía en los años 70, adentrándolo, con un paso hacia atrás y dos adelante, por terrenos oníricos a la manera de Vic Chesnutt (“Lose My Selfâ€) o por otros de folk de tabaco de liar y chicas de California a la de Crosby, Stills & Nash (“Suzanneâ€). Más que una muy grata sorpresa. Tu refugio country-soul para los días duros.

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“Posthumous Success”, Tom Brosseau

brosseau-okMedia docena de discos buscando su voz dentro del canon del folk-pop del Medio Oeste. Desde Dakota del Norte y con una voz de tenor fina y planeadora, de esas cuyo timbre provoca sentimientos de amor o de odio, y con canciones que suenan como si fueran las de su paisano Willy Mason pero con mayor dosis de inseguridad. Durante ese trayecto le han echado en cara que su estilo era anacrónico, básicamente porque lo de su voz acompañada casi en exclusiva por la guitarra acústica parecía ser el único traje que quería sacar del armario. Se olvidaban esos dedos acusadores de que le inyectaba soledad y empaque onírico a ese formato y de que lo hacía con unos aires andróginos poco comunes. Pero bueno, el caso es que, bien sea porque el chico no es insensible a esos reproches o porque casualmente le ha dado ahora por cambiarse la chaqueta, “Posthumous Success†nos lo presenta diferente. Con mucho arreglo y mucha banda, y con la guitarra acústica convertida en varios cortes en un elemento más de la mezcla. Es como si se hubiera reimaginado a sí mismo. La transformación le lleva a terrenos desconocidos en su discografía, como ese corte titulado “Drumroll†que suena igual que si fuera un homenaje a Lou Reed. O el tema final, “Favourite Colour Blueâ€, que es el mismo que el primero, solo que la toma que alza el telón nada más contiene voz y guitarra y la que lo baja se acerca ligeramente a la pista de baile y lo hace como si estuviera pensando en “Your Silent Face†de New Order. Y aunque no le acaban de ligar al cien por cien todas estas nuevas salsas, se agradece la apuesta por el riesgo y la renovación del vestuario.

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“Josephine”, Magnolia Electric Co.

josephine-ok1Llegados a este punto, tanto compararlo con Neil Young cuando el canadiense se junta con Crazy Horse –que no es un brindis al sol, porque similitudes haylas- ya no se sabe si le hace bien o no a Jason Molina. Porque él tiene discos y directos para parar ese carro. “Josephine†corrobora, por si hacía falta, que de hecho no la hacía, eso y más. Confirma que grabar en el estudio de Steve Albini y con la banda tocando en directo le ha sentado muy bien a la apuesta que Jason aquí hace por su lado más minimalista. Más seco. Que también le ha aprovechado dejar de lado las guitarras eléctricas que cabalgaban a toque de pito en “Fading Trails†(2006) y meterse en terrenos más sutiles a la hora de los arreglos, porque eso, que en manos de otro podría haber sonado algo tiquismiquis, en las suyas, con ese tacto áspero que tienen, es imposible que caiga en la afectación. El sonido es ralo, el aire separa unas cosas de las otras y por ahí en medio va entrando la voz de Molina, que se mete en harina de soul (excelente el primer corte, “O! Graceâ€) y de country tradicional (en el sentido del lamento solitario del pecador frente al cielo: magnífica “Whip-Poor-Willâ€) y mezcla una cosa con la otra. Se nota el dolor porque la muerte Evan Farrell, su bajista de carretera, ocurrida en diciembre de 2007, es el leitmotiv del álbum si hubiera que elegir solo uno. Pero también se nota esa constante en su obra, la del exilio y la extirpación, la de esa carretera de Jack Kerouac y otros mitos del asfalto como modus vivendi. Será porque Molina ha hecho de Londres su domicilio (hasta nueva orden), mientras que su banda se mantiene en Indiana, y esta vez la distancia real más la mental de alguien tan obsesionado con el movimiento doblan el efecto. Uno de sus mejores trabajos, y él, tipo consistente, tiene unos cuantos para quitarse el sombrero –con “Didn’t It Rain†(2002), de cuando era Songs: Ohia, al frente-.

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