Daniel Higgs, ancestral y con toda la barba: el folk astrofísico del miedo a la muerte
Daniel Higgs. Como una aparición del pasado inquietando al presente. Un hombre superando al personaje en que pudieras convertirlo. Barcelona, 8 de octubre, bar Heliogàbal, en directo. Canciones de ecos ancestrales interpretadas como se hacía mucho antes de que Woody Guthrie viniera al mundo. Como las que Harry Smith ansiaba descubrir. Folk salido del esperma de la Tierra y revoloteando alrededor del respeto reverencial al Dios flagelador y a los secretos de la vida. El partido del siglo lo jugaron esa noche el miedo a la muerte y las ganas de vivir: que es como decir el gran combate de la música popular en los tiempos previos a la gasolina. Daniel Higgs –por cierto, también cantante del casi extinguido grupo de post-hardcore Lungfish- saluda al personal con la Biblia en su solapa y los tatuajes correctos en su piel: los enigmáticos. No lo distinguirías de un ‘homeless’ que llevase las canciones a cuestas, de uno que cantase lo de este mundo ya no es su hogar, como hicieron The Carter Family hace tantas décadas y después Tom Waits, apropiándose de las palabras y el concepto en la canción final de “Mule Variations” (1999), “Come Up To The House”. Daniel Higgs, decíamos, el 8 de octubre. Ofreció una actuación enigmática. Con el banjo y el tatarabuelo del acordeón dando soporte a su voz de pastor que le habla a las nubes. Con su trance de frases rematadas con la última sílaba curvándose hacia dentro. Con el sudor animal arrebatándole su gorro de invierno en una cálida noche de otoño y mostrando su vejez prematura. El estadounidense y su música, a la par, dos jubilados precoces. Composiciones que ya nacen con barba poblada y décadas a sus espaldas, venidas hasta 2009 desde aquel mundo de migraciones transoceánicas en busca de las tierras prometidas, huyendo de las cosechas malditas y de los problemas con la ley que tenían forma de horca. Si saber latín y griego te enseña a dominar mejor muchas de las lenguas que te rodean, rozarte con el folk de Higgins y su conexión con la alquimia del cuerpo y con la paciencia estoica, con la escatología iluminada y con Pitágoras, te hará dominar mejor cualquier impulso futuro de la música que vendrá. Por duro que te parezca estar hora y media ante un hombre astrofísico que haría buenas migas con el abuelo de Heidi y cualquier expresidiario arrepentido retratado por Flannery O’Connor. Como bien escribió Greil Marcus en su libro “La república invisible”, ese magnífico ensayo sobre el mundo musical –y social- que había detrás y precedía al disco “The Basement Tapes” (1975) que firmaron Bob Dylan y The Band, “el peligro más grande reside en infravalorar lo extraño de estas culturas. Porque hace falta un esfuerzo constante de la imaginación para darse cuenta de la soledad de sus vidas, de la ausencia de música enlatada, de la escasez de músicos profesionales, del asidero que suponía la tradición”.
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