“Gold” (2001), Ryan Adams
Hubo un tiempo en que Ryan Adams estuvo en el ojo del huracán. ¡El era el mismo huracán, y más famoso que Bryan Adams! Es una exageración, claro, pero algo de eso, bastante, sí había allá por 2001. Fue cuando publicó “Gold”, muy esperado tras la espectacular concentración dolorosa de “Heartbreaker” (2000). Ahí, en “Gold”, pasó de ser el candidato mejor situado para el título de “Gram Parsons del siglo XXI” –una etiqueta que ya había sembrado antes y bien al frente de Whiskeytown- a presentarse como si el stoniano “Sticky Fingers” se hubiera hecho de carne y hueso y despertado en medio de Nueva York con los ojos mirando a Nashville. La soberbia que ya empezaba a gastar en las entrevistas y una gira beoda en la que combinó la excelencia (cuando sonaba la música) con la tontería (los interludios entre canción y canción: un estúpido club de la comedia) salpicaron la imagen de este álbum. La ensuciaron. Para empeorar las cosas, en 2003 puso en la calle “Rock’n’Roll”, que pretendía hacerse el gracioso expoliando a los 80 pero no tenía ninguna gracia, pues el ritmo de ese expolio, a diferencia de “Gold” y su aire setentero, sí lo marcaba la nostalgia y no el carpe diem. Total, que desde entonces anda a la deriva, salvo algún fogonazo de brillantez de vez en cuando… Perdido.
Revisado ocho años después y dejando de lado al personaje de Ryan, “Gold” impacta. Sus dieciséis canciones son una mina con mucho oro. Lo muy pegadizo que sigue sonando ese inicio con “New York, New York” y “Firecracker”, la avalancha de tristeza más belleza de “La Cienaga Just Smiled”… Cuando pega, ¡pega muy fuerte! No tiene la concisión de su predecesor, porque la pelea aquí se desarrolla en más frentes. A lo The Black Crowes en “Tina Toledo’s Street Walkin’ Blues” y en plan Rufus Wainwright en el tema siguiente, “Goodnight, Hollywood Blvd.”, que baja el telón desde Broadway. Así de ancho es su gran angular. Pero el collage funciona y, además, de verdad; el de Carolina del Norte no solo exhibe su versatilidad musical de costa a costa, sino su tacto para los valles y cimas del estado de ánimo –el suyo, el tuyo- cuando este se descontrola. Y comprobamos que el chico se desenvolvía igual de bien en lo resabiado y la imprudencia que al ponerse tierno y sensato. Si este disco no hubiera salido entonces y lo publicara hoy, se escribiría: “Ryan, por fin, ha vuelto, y hace a lo grande”.
Tags: Firecracker, Gram Parsons, Whiskeytown






A mi me parece que es un gran músico este Ryan Adams, y además, cuando lo hace con Neal Casal, pues es una pasada. Los vi a finales del año pasado, en diciembre, en el Madison en NYC y me pareció un concierto soberbio.
Otra cosita, y termino, estuve viendo a Lucinda W., en el Teatro Principal de Zaragoza, y me pareció muy irregular, con tablas, pero se le notó incomoda hasta, al menos, las 3/4 del concierto. Interrumpió un tema a mitad del mismo (por lo que sé hizo lo mismo en Madrid o en BCN, no lo recuerdo). Quizá se sienta más a gusto en una sala de fiestas que en un teatro, pero esto último no le gustó nada, pero nada de nada. Y todos los que estábamos ahí eramos incondicionales. Es el concierto que ha dado la tele, creo que la 2.
Sí, Ryan Adams es muy bueno. O era. O podía haber sido. Porque ha entrado, ya hace tiempo, en una caída en barrena que al principio parecía un juego, o algo que controlaba a su antojo, y que ha acabado siendo algo serio y real. Cuesta apostar por él en la medida en que parecía tan seguro hacerlo en los tiempos de “Gold” y en los anteriores a ese disco. Sobre Lucinda Williams: sí, tiene un punto irregular, y más ahora que hace unos años; el de las cosas que pasan en directo, que caminan sobre el alambre y llueven sobre cicatrices. El del carpe diem. En Barcelona, que es donde Roky Mountains la vio, escribió sobre esos deslices y su superación el guión del concierto. Pudo haberse escondido tras la banda o ponerse más maquillaje, pero demostró no servir para eso o no querer servir, y eso fue todo un (positivo) detalle.
Rompo una lanza a favor de Ryan y me posiciono en contra de esta opinión que acabo de leer.
Decir que Ryan está perdido desde el Gold me parece escandaloso (además de que sas un salto enorme entre este y el R´N´R sin detenerte en el camino). Suena un poco a típica y tópica declaración de que todo tiempo pasado fue mejor. Digo esto porque tras un brillante Gold, viene un melancólico Demolition, un precioso y casi perfecto Love is Hell, y la potentísima oda country que es Cold Roses.
Rock ´N´ Roll me parece malinterpretado. Surge más bien como una hostia en la cara de la discográfica al negarse a sacar el Love is Hell. Y aún así, si este álbum te resulta cómico, qué son entonces los de Jesse Malin?
Podría admitir cierto bajón a partir del Jacksonville (alguien ha oido la versión en directo de What Sin?), pero únicamente por comparación a su anterior trabajo.